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Mi primera raya

Nunca me olvidaré de la primera vez que vi una raya bajo el agua. Fue en Bonaire,  después de haber hecho unas cuantas inmersiones, cuando el instructor decidió hacer una más ruda, por el lado Noreste de la isla, muy cerca del faro de Spelonk. La entrada al “sitio” de buceo era rocosa, muy abrupta (por algo no estaba marcado como tal en el mapa). Para usar lenguaje técnico, se diría que era “pelúa” 

En ese viaje, algunos estábamos recién certificados, con plena fiebre de Nitrógeno y entusiasmados en la nota aventurera, pero en el grupo había unas chicas (y uno que otro “macho” chorreado) a quienes no les convencía la idea de entrar por esa escalera escarpada de rocas. Recuerdo que de hecho rompí mis botines de neopreno un par de veces en las maniobras de entrada y salida, pero aun así, recordaré esa inmersión siempre, no sólo por el espectacular descenso, en el que pasas de tener el arrecife a unos centímetros de tu pecho, a ver distanciarse el fondo de manera brusca hasta convertirse en una pared de un abismo espectacular con fondo azul, que a veces se torna violeta. Así es Bonaire, y estábamos conociendo su lado más salvaje. 

A unos 20 minutos de haber comenzado la inmersión por esa espectacular pared, se abría a nuestra derecha una estructura que se veía como un anfiteatro bordeado de corales; casi un semicírculo perfecto, con fondo arenoso. Parecía un coliseo. Justo en el centro, estaba reposando plácida una gran raya gris. Medía unos 90 cm de ancho.

Casi todos éramos buzos novatos. Nos acercamos curiosos a su alrededor, y al bajar la nube de sedimento que levantamos, pudimos verla moverse de forma muy particular, como queriendo enterrarse, evidentemente intimidada ante aquella visita ruidosa y molesta. Como varios buzos del grupo dominaban poco su flotabilidad, al arrodillarse junto a la raya hacían el movimiento típico de aleteo hacia adelante con sus brazos, lo que en el lenguaje corporal del animal seguramente se podía interpretar como una amenaza.

Como era de esperarse, nuestra anfitriona se inquietó, queriendo alzar vuelo. Como prácticamente hacíamos una rueda alrededor de ella, inevitablemente tendría que pasar entre algunos de nosotros para huir. Efectivamente, aquel animal se suspendió en el agua, y con movimientos rápidos pero gráciles se dirigió justo hacia mí. Yo estaba arrodillado, y en la dirección en que se movía preveía que iba a pasar justo sobre mi cabeza, cosa preocupante para un calvo.

Como era mi primer viaje a Bonaire, había alquilado una pequeña cámara Ikelite Auto 35, que aunque era bastante sencilla, y totalmente automática, resultó ser lo suficientemente buena para matar la fiebre y traerme buenos recuerdos, ayudada indudablemente por la visibilidad proverbial de la isla. 

Afortunadamente, tenía la cámara en la mano y lista para disparar cuando la raya se me vino encima. Temerariamente (o mejor dicho paralizado por el pánico y sin saber qué hacer), me mantuve en mi lugar lo más que pude y disparé una foto justo a su cara. Me incliné hacia atrás exageradamente, y pude hacer una segunda toma, pero esta vez el flash no disparó. Como era una cámara de película (las digitales no eran tan populares entonces), tuve que esperar a regresar del viaje para enviar el rollo al revelado, y como una semana más para ver el resultado de la foto. 

Muchos años después, sigue siendo una de las tomas fotográficas que más me gusta de las que he hecho bajo el agua, aunque reconozco que técnicamente ni siquiera es buena, tienes las típicas manchas blancas de la luz que rebota en las partículas suspendidas, un punto de calor justo en la boca del animal, y el foco es dudoso. Pero puede que simplemente yo la vea así por la emoción que me hace recordar. Por lo cercano del encuadre, frecuentemente tengo que explicársela a quien no ha visto una raya antes, y no creen posible que yo haya estado tan cerca de un animal con tan mala fama infundada de ser peligroso. En esos momentos me doy cuenta de lo mucho que uno aprende y vive al ser buzo, que el resto de los mortales quizá jamás podrá entender. 

La curiosidad y tal vez el hecho de que soy instructor me han llevado a investigar un poco sobre algunos animales, sus hábitos y hasta su complicada taxonomía en latín. En el caso de las rayas, me sorprendió saber que son una familia de peces cartilaginosos parientes de los tiburones. Aunque muchas personas tienden a temerles por su apariencia “cara de tipo malo”, no todas las rayas son iguales, y no todas tienen aguijón. Hay de hecho unas 200 especies, sumando las de agua salada y las de agua dulce.

Las de aguijón, tienen a lo largo de su espina dorsal pequeñas puntas agudas que secretan un líquido venenoso o urticante y aunque erróneamente se asuma lo contrario, sólo usan su aguijón para defenderse de sus depredadores naturales. Accidentes como el del naturalista Irwin, son realmente raros, aunque se sabe que si se sienten acorraladas o perseguidas, han usado su arma defensiva contra un buzo o un observador en snorkel demasiado insistente. El aguijón se desprende al ser utilizado, pues tiene forma de sierra, y demora bastante en volver a crecer, por lo cual se dice que es el último recurso de defensa del animal, cuando siente realmente amenazada su propia vida.

Años después de esa primera visita a Bonaire, tomé junto a mi esposa un crucero que paró en Grand Cayman y visitamos el famoso banco de arena llamado Stingray City, donde pude ver con tristeza un “circo” donde cerca de mil personas en el agua al mismo tiempo, se repartían la atención de un grupo de rayas visiblemente estresadas, con marcas y heridas aún abiertas, desesperadas por obtener un trozo de calamar de la mano de un turista que quería tomarse una foto con ellas. Por un momento, me molestó haber pagado por ir a ver aquel espectáculo patético, pero en fin, creo que si la gente interactúa con las rayas (y en este caso eran las de aguijón) en su medio ambiente, entonces tal vez entenderán de alguna forma mejor al mar y a sus habitantes, y sean más sensibles hacia su conservación y conocimiento.

Manux

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