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Del recuerdo: Mantas en La Roca

Como en muchos destinos tropicales, la carretera era sinuosa, llena de árboles frondosos e innumerables baches. Salimos de madrugada, el sol apenas se asomaba, haciendo un claroscuro con matices de naranja que auguraban regalos de la naturaleza para ese día. Después de un poco de retraso de algunos dormilones, y una parada para desayunar, llegamos el sábado a la marina alrededor de las 9 am, y media hora después ya estábamos navegando rumbo a La Roca. El mar estaba bastante calmado y eso nos permitió completar el trayecto en un poco más de una hora de navegación.

Como siempre, al llegar a La Roca faltaban aún varios trajes y botas por colocarse. Todo el equipo se preparó y entramos al agua. Éramos en total 9 buzos: Ma Graciela, Jhonny, Gabriel, Morella, Andrea, Marielsy, Oriana y su prima Carolina, quien venía a bordo de la embarcación, capitaneada por nuestro amigo Ricardo. Esta vez todos íbamos con configuración recreativa y simplemente aire en nuestros tanques. En tono de chiste, luego de dar el briefing les dije: “tranquilos, como nadie trajo cámara, seguro que hoy vemos algo grande…”

La primera inmersión fue en el Faralloncito, donde la entrada siempre es un poco atropellada porque la corriente superficial y la brisa hacen que la maniobra del bote no sea un trabajo fácil. Inevitablemente, tanto los equipos y como los buzos siempre sufren un tanto de estrés en estas condiciones. Esta vez descendimos en el punto Noroeste de la gran piedra, justo antes del cruce hacia la zona protegida de la corriente. Ya bajo el agua, el torrente cristalino estaba de moderado a fuerte, y decidí guiar al grupo hacia la zona de remanso, que siempre es más segura y nos permite “aclimatarnos”, en especial porque para Gabriel, Morella y Carolina era su primera visita a “La Roca”. La visibilidad era excelente como hasta los 15 metros de profundidad, más abajo, la corriente fría venía con un sedimento entre verde y marrón, bastante espeso.

Recorrimos todo el remanso, viendo grandes loros, jureles, un par de buenas langostas y un congrio. Al llegar a la entrada de la cueva que atraviesa el Faralloncito de lado a lado, tanteé la corriente y era evidente que el efecto de embudo en el túnel aumentaba su efecto en contra. Jhonny y Ma Graciela, dos de los más experimentados, y asiduos visitantes de La Roca, decidieron cruzarlo en esa dirección, mientras yo guiaba al resto del grupo bordeando el islote, para buscar la entrada opuesta; de esta forma podíamos tomar “el paseo” desde el lado Oeste y cruzar la cueva con corriente a favor. Además, es preferible luchar contra la corriente de La Roca a 18 o 20 metros y no a 27 que tiene este pasadizo, porque evitas que se dispare la tasa de consumo de aire.

Casi no podía verse la salida del túnel por la cantidad de sedimento que venía con la corriente, pero al final nos esperaba un gran pez plateado, debe haber pesado unos 15 kilos, que se perdió enseguida. No me dio tiempo de identificarlo, pero era un Pargo o un Mero. Al salir de la cueva, recorrimos de vuelta el remanso en dirección al punto en que habíamos descendido, y llegamos a un pasadizo de tres entradas que está al final del islote. Mientras nos divertíamos atravesando el pequeño laberinto, nos esperaba afuera una enorme sorpresa: una manta de unos cinco o seis metros de envergadura que nos vino a supervisar. Boquiabiertos, algunos quisimos hacerle unas cuantas fotos, pero recordamos que ¡nadie traía cámara! La manta dio un vuelo rasante muy cerca de nosotros, antes de perderse en el azul. Por sus movimientos sutiles se diría que es como un ave, pero por su tamaño, parecía un avión. Morella y Gabriel, los últimos en salir del laberinto, se la perdieron… wao! Nos quedamos en el azul como a 15 metros de profundidad, todos literalmente en neutro… segundos después, la manta regresó para deleitarnos de nuevo y esta vez la vimos todos por unos minutos, creo que estuvo más cerca. Gabriel intentó alcanzarla en vano.

Al desaparecer el majestuoso animal, ya era hora de ascender. Hicimos nuestra parada de seguridad con una sonrisita estúpida en la cara y el regulador a punto de salirse con la baba. La corriente superficial estaba fuerte, y en el tiempo que demoró subirnos los nueve a la embarcación, algunos alimentaron a los peces…

La segunda inmersión fue como de costumbre en Farallón, y aunque pudimos equiparnos más cómodamente en el agua, la corriente igual estaba fuerte, tanto en superficie como en el fondo. Al descender nos recibió un mero muy grande y curioso, más adelante un cardumen de rayas, a lo lejos, y unas barracudas enormes. Bordeamos La Roca a una profundidad máxima de 23 metros, y En 47 minutos pudimos dar la vuelta completa, hasta nuestro punto de descenso.

Las mantarrayas (Manta birostris) son las rayas más grandes y están cercanamente emparentadas con los tiburones.  Este inofensivo pez no tiene huesos, su esqueleto es totalmente cartilaginoso. Posee una larga cola sin ponzoña. Aunque se ha visto ejemplares de hasta 9 metros de ancho, por lo general miden unos 5 a 6 metros y pueden pesar más de 1300 kg.

Son muy acrobáticas e incluso pueden chapotear fuera del agua. Generalmente llevan de una a tres rémoras de pasajeros, las cuales las mantienen libres de parásitos. En la antigüedad, fueron llamadas “peces diablo” por los pescadores, por las largas protuberancias que salen de su cabeza, que en realidad le sirven para dirigir mayor cantidad de plancton hacia su boca.

Sus movimientos son tan gráciles, que muchas veces han sido llamados “las aves del mar”.

Manux

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